Mi regreso al cristianismo.

 Fui una niña de mentalidad muy activa, ordenada y exigente conmigo misma en cuanto lo académico y moral, siempre iba los fines de semana a misa con mi abuela, hacía el rosario y acompañaba a mi mamá a hacer la novena a la Virgen, muy temerosa de Dios. Pero con el tiempo relajé mis costumbres y olvidé esas bellas enseñanzas de Cristo, aunque no desaparecieron de mi mente los valores ni la ética impartida por mis ancestros. Un día llegué a un colegio y me encontré con un profesor que era profundamente ateo compartía constantemente su opinión con sus estudiantes; pero era muy amable y dedicado a su quehacer. Al pasar los meses fui bajando la guardia y compartí sus ideas, olvidándome de Dios, y esto pasó por varios años, entré a la universidad y el tipo de pensamiento de mi profe era compartido por muchos de mis profesores y al parecer por algunos de mis compañeros, los cuales a pesar de no creer en una religión practicaban valores afines a la tradición cristiana.

Para acabar de ajustar me gustaban letras de música ateas y pensaba que los cristianos eran retrógrados, y la tradición se me hacía una tontería ( la ignorancia como punto fundamental del hombre moderno), hasta que por esas cosas de la vida en la materia de mi carrera de arte, arte latinoamericano intuí la unidad trascendente que hay en las religiones al darme cuenta que las prácticas religiosas y chamánicas tienen elementos en común, conocí autores como Mircea Eliade, quien fue un historiador de las religiones comparadas.

El bicho de la curiosidad me picó y empecé a mirar textos en la red y en la biblioteca, dándome cuenta que el relato del diluvio aparecía en diferentes culturas alrededor del mundo, lo cual me llevó a mirar foros de internet sobre espiritualidad, hasta que estaba perdiendo el contacto con la realidad práctica.

Estuve por mucho tiempo meditando y una prima me acercó a un grupo que en ese entonces era católico carismático, eran muy amables, me regalaron una biblia y oraban con mi familia, la cual se sintió muy bien mi retorno los principios religiosos.

Cuando oraba veía en un símbolo religioso un símbolo universal y de antiguas tradiciones sobrevivientes de tiempos antediluvianos, sabía que a través de esos símbolos me podía remitir a lo sagrado.

Decidí leer la biblia, empecé a mirar los proverbios, viendo que eran aplicables a la vida diaria; tiempo después empecé a acompañar a mis padres a misa e ir a procesiones de Semana Santa, decidí profesar nuevamente la religión de mi núcleo familiar, pues los 10 mandamientos me parecen fundamentales para una buena vida. El legado del cristianismo que es hermoso: la preocupación por los necesitados, la hermandad que muchas veces no practicamos, el bello arte sacro herencia de Europa y Asia, las obras de misericordia, las universidades fundadas por ordenes religiosas, los monasterios donde se dedican a la vida contemplativa, los colegios religiosos y la consideración de la mujer como un igual en dignidad al hombre. Y lo más importante las evidencias de las hostias que se convierten en sangre y tejido muscular, las apariciones marianas, los relatos hechos de los Santos y mártires, y la FÉ como motor que me lleva a salir adelante, pues considero que la vida es algo más que comer, vestirse, trabajar y procrear, practicar la ociosidad y dormir. No somos unos simples animales, no somos un simple brote inconsciente de la naturaleza en un devenir de un sinsentido intrascendente donde solo sobrevive el más agresivo. No somos fieras, aunque a veces lo parezcamos cuando nos olvidamos de nuestra dimensión espiritual. Tenemos metacognición o sea conciencia para tomar distancia de nuestras acciones. 

Si la gente tuviera en cuenta la dimensión trascendente saldría del nihilismo sazonarían a el mundo con buenas obras, las cuales hacen mucha falta, le verían un sentido a la vida más que correr detrás del dinero (para los que tienen la posibilidad de conseguirlo.) 

Somos muy pequeños para ser los reyes del mundo.

María Fernanda Sucerquia Uribe.

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